Como se veía venir, mi sino en este viaje seria la aventura de bajo coste, algo así como una andadura hippie cruzando la frontera de la indigencia. Para ello solo hay que relatar como transcurrió mi segundo mes allá en la isla de Palma.
No tardé mucho en tener que llamar a la puerta de un albergue para gente necesitada, durante unas dos semanas tuve techo donde dormir y quedo solo en un espejismo el tener que trasnochar tirado en la calle. Aunque eso solo fue cuestión de tiempo.
Durante la estancia en el albergue busqué trabajo y tanto que lo encontré, mi habilidad para confeccionar a la carta mi currículum verbal mejoraba por momentos y prueba de ello fue mi incorporación a un humilde restaurante oriental que daba la bienvenida a todos los veraneantes de un pueblo cercano a la ciudad. Fue el día de la inauguración y se debía demostrar mi dominio del inglés, evidentemente mis embauques tardaron poco en descubrirse ya que con los dos únicos clientes que vinieron en todo el día me fue difícil distraer al jefe amarillo y que no se percatara de cómo suplicaba a los clientes que tuvieran paciencia conmigo… no tenia ni papa del english language. Lógicamente no me dieron una segunda oportunidad, me pagaron y quedó en mi memoria gustativa el plato de bacalao seco con arroz blanco y hojas de lechuga que comí ese día.
Ya por aquel entonces había cambiado de montura, hasta que mucho tiempo después me la sustrajeran la bicicleta fue mi gran compañera por toda la isla. Con ella logré encontrar mi verdadero bautismo de fuego en la cocina, ayudado por el ya conocido currículum me plante en un pub ingles donde se precisaba alguien con soltura en la plancha y confección de ensaladas. Catorce horas de trabajo y ciento cuarenta mil pelas al bolsillo, la pena fue que dure una semana. Se trabajaba bastante y a pesar de haber descubierto uno de los grandes secretos de la cocina, congelen un donuts y cuando quieran servirlo metan 30 segundos al microondas, como recién hecho, no fue suficiente pues a la semana con un calor insoportable y una sensación muy extraña en mi cabeza le dije al jefe que me largaba, se quedo un tanto estupefacto ya que me veía como una joven promesa a la hora de meter platos por el hueco que conectaba con la barra y que se esfumaba sin mas.
Me largue al hogar, dulce hogar del indigente y allí mis compañeros empezaron a preguntarme por unos sospechosos granitos que empezaron a surgir por todo mi cuerpo. Tras pasar toda la noche y el medio día siguiente de una manera que ni recuerdo y supongo que así es por autodefensa de mi memoria, me decidí a ir a un hospital de urgencia. Tenía la varicela.
Todo el santo día tirado en la calle con la granulometría de mi cara subida de vueltas y como dije antes, las líneas maestras trazando implacables mi destino.
Salí del hospital con un salvoconducto hacia un futuro mejor, llena de prosperidad, un hospital solo para gente maltrecha por esta vida de grandes oportunidades y enormes fracasos. La situación no se planteaba tan mal, metido en un hospital, cuatro comidas al día, baños con copos de avena durante el tratamiento y los mundiales televisados en plena efervescencia.
No puedo negarlo, esas dos semanas de prorroga fueron el oasis durante mi peregrinación por el desierto de la escasez. Conocí el sabor de la derrota ajena, gente desencantada con la vida, peleas por primeras necesidades no cubiertas, cervezas y otros alcoholes dando sentido a su rechazo por una vida mas plena. Y a la vez hubo quien me mostró que no había nada como darle las buenas noches a las estrellas, que se podía encontrar una amistad en medio de tanta falta de oportunidades.
Así fue como pude entablar amistad con personas que me contaron su pena y hallaron a su vez alguien con ganas y tiempo para escuchar. Y claro, había que vivir aquello en su máxima expresión, lo primero sacar dinero de donde fuera.
Podría extenderme en relatar en como mis habilidades de pícaro fueron puliéndose de manera natural pero no puedo contabilizar todos los incautos gerentes de bares que se tragaron lo de que mi monedita de 500 pesetas se la había tragado su maquina del tabaco, ni todas las puertas a las que llamamos pidiendo una limosna para el pobre.
Lo que si puedo aun con cierta nostalgia es relatar como en pleno mediodía pude sacar del parque publico junto a la catedral a todo los guiris al ritmo de palmas y diciendo en voz alta con un refinado ingles “five minutes for close”. Los extranjeros aturdidos por tan enérgicas órdenes fueron dejando el parque diligentemente, parque que albergaba una hermosa fuente plagada de monedas en su fondo multicolor.
No recuerdo la cantidad de monedas que cogimos, ni cuantos deseos rompimos de un plumazo pero la sensación de tener la cara mas dura que el cemento todavía perdura.
un lugar de paso apenas frecuentado, un cruce de caminos por determinar , un retiro virtual para los hastiados, incluso quizás puestecito de dulces y palomitas evocando a un lejano pasado...... Zona fronteriza de mi existencia...

1 comentario:
Sigue escribiendo, no tendrias que haber dejado de hacerlo ..
Quiero seguir leyendote.
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