un lugar de paso apenas frecuentado, un cruce de caminos por determinar , un retiro virtual para los hastiados, incluso quizás puestecito de dulces y palomitas evocando a un lejano pasado...... Zona fronteriza de mi existencia...
lunes, 20 de septiembre de 2010
viernes, 17 de septiembre de 2010
Comunicado interno
Muere en el intento, jadea mientras puedas, escupe fuego, llévate contigo, baila en silencio, anima tu sombra, llénate de defectos, reclama el derecho a horas bajas, confunde a tus miedos, seduce tu alma, estalla, vuelve a la calma, expulsa verdades que no conducen a nada, promociona orgasmos, trafica sonrisas, quédate pasmado, deja tu huella, viola tus finales, roba tu tiempo, lánzate, come del prójimo, traiciona tu mente, llévate a la quiebra, excítate, culpa a quien se fue, háblate, olvida el camino, provoca espasmos, pide consejo a los niños, muerde el polvo, señala con el dedo, desguaza criterios, no te preguntes, crea enemigos, miéntete, comprime los vientos, esquiva el futuro, lame tus heridas, álzate en pie, crea deudas, sueña de lado, búscate un nombre, pide hora en el cementerio, exige tu derecho a morir y hazlo en el intento.
jueves, 9 de septiembre de 2010
Sara
Mi cruz.
Mi acierto.
Mi centro del universo.
Mi pata de palo, mi tesoro, mi botella de ron.
Mi herida, mi alegría, mi pena, mi motivo más sano.
Mi rincón a veces olvidado.
Mi semilla, mi necesidad, mi sangre, mi astilla.
Mi reloj, mi calendario deshojado.
Mi lugar donde alcanzo algo de paz.
Mi vitamina, mi tumor (jajajjaj, déjame que te lo explique), mi esencia, mi luz.
Mi intento de normalidad, mi quiebra, mi atajo de normas, mi ramo de fallos, mi maldición más deseada, mi orgullo, mi cómplice de locuras.
Mis ganas de llegar tarde pero llegar, mis ganas de verte o recordarte.
Mi sonrisa.
Mi champiñón, mi nata, mi spaguetti mas logrado.
Mi extraña propiedad.
Mi sueño más difícil, más palpable, el que más se desvanece, el que más logro alcanzar.
En mi día a día, mi motivo y mis ganas de vivir.
Mi acierto.
Mi centro del universo.
Mi pata de palo, mi tesoro, mi botella de ron.
Mi herida, mi alegría, mi pena, mi motivo más sano.
Mi rincón a veces olvidado.
Mi semilla, mi necesidad, mi sangre, mi astilla.
Mi reloj, mi calendario deshojado.
Mi lugar donde alcanzo algo de paz.
Mi vitamina, mi tumor (jajajjaj, déjame que te lo explique), mi esencia, mi luz.
Mi intento de normalidad, mi quiebra, mi atajo de normas, mi ramo de fallos, mi maldición más deseada, mi orgullo, mi cómplice de locuras.
Mis ganas de llegar tarde pero llegar, mis ganas de verte o recordarte.
Mi sonrisa.
Mi champiñón, mi nata, mi spaguetti mas logrado.
Mi extraña propiedad.
Mi sueño más difícil, más palpable, el que más se desvanece, el que más logro alcanzar.
En mi día a día, mi motivo y mis ganas de vivir.
martes, 7 de septiembre de 2010
Domingos noche
Domingos noche. Es la noche nostálgica por excelencia. La noche del cambio, del renacer, del acabar. Es noche parturienta y lapidaria. Encierra sensaciones que el resto de noches envidian, y así desde el comienzo de los tiempos.
Ahora mismo, con las ventanas de par en par y acogiendo el sonido de la calle, puedo escuchar el griterío de los muchachos, el ladrar de perros y ¿por que no?, también de gatos. El ánimo de los viandantes, el oficio de los trabajadores, las voces de automóviles surcando el vinilo de la calle.
Ya lo decía aquel señor de Úbeda, “y cuando por la calle pasa la vida como un huracán..” hasta que todo se para...el domingo por la noche.
Entonces todo cambia, los muchachos se vuelven niños, los perros buscan consuelo a riesgo de ser arañados, los peatones se reducen a los pasillos de sus hogares, el oficio que queda es el más viejo del mundo y los coches apenas son coches. Los fines de semana descansa el cuerpo pero el domingo incluso descansa el alma.
El amor serenado, la paz convenida, la soledad por castigo, encuentran el punto álgido y de nuevo…la metamorfosis. Muere y nace algo.
Llegan a la cumbre hasta los mayores despropósitos. Ninguna otra noche falta tanto pan en las casas, la gente se sumerge en la doctrina del “ya llegará el lunes”.
Pero ah amigo, no existe el parto sin dolor. Y el domingo noche, duele, más que ninguno. Les duele a las calles que desiertas, arrojan a sus casas a los convencidos, a los contentados, a los conformes.
Les duele a los trenes, más que nunca, el reuma incrustado en los metálicos esqueletos, corroídos por la humedad de tanta lágrima que empapó cristales en la víspera de la noche, lágrimas que supieron flotar mientras se producían en esos mismos andenes donde ahora descansan, las miles de despedidas que anunciaron una noche de maletas abiertas, maltrechas o apartadas.
Podría pararme a pensar cuanta gente va y viene ahora mismo, cuantos llegaron o fueron a su destino, pero no es lo mismo que una noche de domingo.
Incluso podría fácilmente justificar que ni el viento suena igual. Nunca, ningún día, tantos coches andan parados, entorpeciendo el beso alquitranado con el asfalto.
Ni ningún otro día, ese mismo aire… se torna tan puro.
Ahora mismo, con las ventanas de par en par y acogiendo el sonido de la calle, puedo escuchar el griterío de los muchachos, el ladrar de perros y ¿por que no?, también de gatos. El ánimo de los viandantes, el oficio de los trabajadores, las voces de automóviles surcando el vinilo de la calle.
Ya lo decía aquel señor de Úbeda, “y cuando por la calle pasa la vida como un huracán..” hasta que todo se para...el domingo por la noche.
Entonces todo cambia, los muchachos se vuelven niños, los perros buscan consuelo a riesgo de ser arañados, los peatones se reducen a los pasillos de sus hogares, el oficio que queda es el más viejo del mundo y los coches apenas son coches. Los fines de semana descansa el cuerpo pero el domingo incluso descansa el alma.
El amor serenado, la paz convenida, la soledad por castigo, encuentran el punto álgido y de nuevo…la metamorfosis. Muere y nace algo.
Llegan a la cumbre hasta los mayores despropósitos. Ninguna otra noche falta tanto pan en las casas, la gente se sumerge en la doctrina del “ya llegará el lunes”.
Pero ah amigo, no existe el parto sin dolor. Y el domingo noche, duele, más que ninguno. Les duele a las calles que desiertas, arrojan a sus casas a los convencidos, a los contentados, a los conformes.
Les duele a los trenes, más que nunca, el reuma incrustado en los metálicos esqueletos, corroídos por la humedad de tanta lágrima que empapó cristales en la víspera de la noche, lágrimas que supieron flotar mientras se producían en esos mismos andenes donde ahora descansan, las miles de despedidas que anunciaron una noche de maletas abiertas, maltrechas o apartadas.
Podría pararme a pensar cuanta gente va y viene ahora mismo, cuantos llegaron o fueron a su destino, pero no es lo mismo que una noche de domingo.
Incluso podría fácilmente justificar que ni el viento suena igual. Nunca, ningún día, tantos coches andan parados, entorpeciendo el beso alquitranado con el asfalto.
Ni ningún otro día, ese mismo aire… se torna tan puro.
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